Posiblemente sea la colección de tablas góticas de los pintores medievales denominados «primitivos valencianos» la que más renombre ha dado al Museo de Bellas Artes de Valencia, tanto por la calidad como por el completo discurso artístico que permiten desde finales del siglo XIV y todo el XV, representados por una amplia selección de retablos de ese tiempo, ya completos o fragmentos de ellos. Técnicamente están ejecutados al temple sobre tabla, procedimiento que estará vigente hasta bien entrado el siglo XV, y por influencia de la pintura flamenca se fue sustituyendo por la técnica al óleo, que permite un colorido más denso y un manejo más dúctil.

Museo de Bellas Artes de Valencia.
Sala de pintura gótica.

El recorrido comienza por las Escenas de la vida de San Lucas, cuatro tablas procedentes del mutilado retablo del gremio de carpinteros en la Iglesia de los Santos Juanes de Valencia, atribuidas al Maestro de Villahermosa, que datan de finales del siglo XIV y constituyen las pinturas valencianas más antiguas del Museo. En estos momentos el Reino de Valencia se muestra receptor de tendencias artísticas procedentes de Cataluña a través de Lorenzo Zaragozá, siendo estas tablas un buen ejemplo de ello. Éste posiblemente es el motivo por el cual en un primer momento no hay una producción artística localmente definida, y las obras que encontramos responden a una corriente desgajada del tronco de la pintura catalana, que estilísticamente se vincula con el arte toscano y sienes, primordialmente del siglo XIII, fuertemente influenciado por el arte bizantino, que se difundió por toda Europa a lo largo del siglo XIV, recibiendo la denominación de italogótico.

Maestro de Villahermosa.
San Lucas escribiendo su Evangelio al dictado de la Virgen.
Tabla, hacia 1370.

Esta influencia artística continuará hasta 1400, momento en el que los talleres autóctonos empiezan a formular sus propios modelos, alcanzando una de las etapas más maduras de la pintura medieval valenciana, parangonable con lo más bello y refinado que se pinta en Europa en esos momentos. Dentro del siglo XV podemos distinguir dos estilos: el internacional y el flamenco. El primero, que dominará la primera mitad del siglo, está caracterizado por fusionar las diversas tendencias pictóricas en un estilo nuevo de líneas ondulantes y sinuosas, desligado de los arcaísmos anteriores y tendente a un preciosismo refinado y detallista, lo cual puede comprobarse en el italianizante Retablo de Fray Bonifacio Ferrer o de los Sacramentos, obra de extraordinaria calidad y perfección técnica, en la que algunos historiadores creen ver la mano de Gerardo Starnina, o el Retablo de la Santa Cruz, atribuido a Miguel Alcanyís, obra maestra del momento por su intenso dinamismo y reinterpretación de los modelos del germánico Marçal de Sax. Otras piezas singulares son el Retablo de San Martín, Santa Úrsula y San Antón, de Gonçal Peris Sarrià, un pintor dotado de un elegante y refinado trazo de líneas, que lo sitúa como el más representativo del estilo internacional; la pequeña tabla bifaz de la Verónica de la Virgen y la Anunciación de Gonçal Peris con posible intervención de Pere Nicolau; y finalmente, de este último artista, el desmembrado Retablo de los Gozos de la Virgen, procedente de Sarrión (Teruel) concebido desde los supuestos del gótico internacional más refinado.


Maestro de Fray Bonifacio Ferrer.

Retablo de Fray Bonifacio Ferrer.
Tabla, hacia 1396 – 1398.


Miguel Alcañiz.

Retablo de la Santa Cruz.
Tabla, hacia 1410.


Gonçal Peris Sarrià.
Retablo de San Martín, Santa Úrsula y San Antón.
Tabla, hacia 1437 – 1440.

Maestro de Bonastre.
Díptico de la Anunciación.
Tabla, hacia 1450.

Es en la segunda mitad del siglo XV cuando se acentúa la impronta flamenca. Frente al refinamiento cortesano plasmado en estilizaciones de hondo lirismo idealizado, un nuevo estilo ofrecerá una captación más sensible de la realidad cotidiana, aunque pervivan todavía convencionalismos como el fondo dorado gofrado. Las novedades flamencas, centradas fundamentalmente en la técnica al óleo, quizá se pudieron conocer en Valencia directamente de la mano de Jean van Eyck, que recorrió la península en 1428, o bien por ciertas obras importadas, aunque se desconoce la fecha exacta de su llegada. Este estilo encontró rápidamente seguidores locales como el anónimo Maestro de Bonastre, cuyo Díptico de la Anunciación deja ver el dominio de una técnica impecable y preciosista; o el más modesto Maestro de Altura, con una Santa Catalina a mitad camino entre lo internacional y lo flamenco.

Jaume Baço Jacomart.
San Jaime y San Gil.
Tabla, hacia 1450

Pertenecientes a un estilo fuertemente influenciado por la pintura flamenca y cuatrocentista italiana de corte protorrenacentista, encontramos dos figuras señeras. Por una parte, el pintor Jaume Baço, Jacomart, que trabaja en Valencia a partir de 1451, después de una larga estancia en Nápoles al servicio del rey Alfonso V el Magnánimo, al que se debe la tabla de San Jaime y San Gil, en la que sigue la concepción espacial e iconográfica medieval, aunque transfiriendo ahora una mayor humanización a las figuras; y por otra, su discípulo Joan Reixach, con obras como el conjunto del Transito de la Virgen y la Predela con escenas de la Pasión, en la que rehuye de los fondos áuricos para adentrarse en un paisajismo de factura muy descriptiva.
        Junto a estas pinturas hay otras ajenas a lo valenciano, como el Retablo de San Miguel, San Jerónimo y Santa Margarita de factura aragonesa, o la pequeña tabla de la Virgen de la Leche del castellano Pedro Berruguete. Enteramente flamenco es el gran Tríptico de la Pasión, salido del obrador de El Bosco y hecho bajo su directa supervisión, y la tabla bifaz de la Virgen Anunciada y Santa Isabel con San Juan Niño, de un seguidor de Hugo van Der Goes. Como obra italiana de estilo gótico cabe reseñar la Coronación de María y los santos Pedro y Pablo, del Pintor de San Pietro di San Simone.

Hieronymus Van Aken “Bosch”, El Bosco.
Tríptico de la Pasión.
Tabla, hacia 1515 – 1520.

En el quicio de los siglos XV y XVI, coexisten en Valencia una serie de pintores de personalidad bien definida, que podemos calificar de «protorrenacentistas», por apuntar a través de sus obras las primeras novedades renacientes en la pintura valenciana, fruto de una tímida simbiosis de elementos decorativos italianos y de un realismo flamenco en la forma de abordar el espacio y los rostros. Encabezando estos se encuentra Rodrigo de Osona con una tabla de la Piedad, de gran deuda flamenca en el sentido del paisaje o en los plegados quebrados de las telas y el expresionismo de los rostros.

Rodrigo de Osona.
Piedad.
Tabla, final del siglo XV.

Su hijo, Francisco de Osona, simplifica el estilo paterno en obras como las Escenas de la vida de Jesús resucitado, en las que introduce algunos elementos decorativos renacentistas, fundamentalmente en las arquitecturas. Ese inicio encontrará en Vicente Macip la puerta hacia el renacimiento pleno, pues este pintor en su etapa juvenil aún se mueve en esos parámetros como se aprecia en San Joaquín recibiendo el anuncio del ángel, obra suya de 1507, pero tras conocer el arte de los Hernandos y de Sebastiano del Piombo no dudará en entregarse en su madurez al grandioso lenguaje del Renacimiento. Esa pasmosa evolución no la tuvieron todos los artistas valencianos por igual, pues a su lado hubo una serie de pintores “retardatarios” con una concepción quatrocentista todavía muy dentro de la tradición medieval. Ejemplo de ello es el Retablo de la Puridad, que combina las pinturas de Nicolás Falcó y las esculturas de Onofre, Damián y Pablo Forment, en un retablo de reserva sacramental a la manera aragonesa; también el gran Retablo de la Epifanía, del Maestro de Perea, deudor del mundo preciosista de Reixach; y los curiosísimos retablos sobre el Juicio Final, del Maestro de Artés con una iconografía apocalíptica que en la Valencia de su tiempo alcanzó notable desarrollo.


Nicolás Falcó y Onofre, Damián y Pablo Forment.
Retablo Eucarístico del Convento de la Puridad de Valencia.
Tabla, 1500 – 1515.

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